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Septeto Habanero

Septeto Habanero

75 años después, el grupo que por primera vez llevó el son cubano alrededor del mundo sigue sonando y agitando en toda La Habana. El falsete con tremendo sentimiento de Manuel Furé -quien recibió la dirección del Septeto directamente del original vocalista Gerardo Martínez en 1958- asegura que el son cubano, en su expresión más apasionada, siga hoy en día como uno de los grandes estilos de la música popular de este siglo. El Septeto Habanero junto con el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, fueron los lanzadores originales del boom de la música cubana, que en los años 20s, 30s y 40s arrasó en las pistas de baile, desde Puerto Rico hasta Shanghai. Desde su nacimiento en 1920, el habanero ha producido más de 100 grabaciones. A pesar de que en la actualidad ninguno de los integrantes originales sobrevive, Manuel Furé retiene la sensualidad musical distintiva del Septeto ancestral, en particular con su voz de sonero de gran cepa, difícil de encontrar en la actualidad.

Los Guanches

Los Guanches

Los Guanches es una agrupación musical santiaguera, que se suma a la larga lista de cubanos que saben poner en alto la sonoridad de una nación que está considerada como «LA ISLA DE LA MÚSICA’. Los años de vida podrán parecer pocos, sí no se tiene en cuenta la intensidad que aporta un trabajo serio sostenido, la impronta de la personalidad y la excelencia. Tal es el caso del grupo Los Guanches, fundado el 17 de septiembre de 1993 en Santiago de Cuba, ciudad que atesora una vasta lista de prestigiosas agrupaciones y personalidades de la música cubana. Los Guanches parecen estar marcados por la exclusividad pues, amén de su nombre tomado de los aborígenes de las Islas Canarias, incorporan magistralmente en sus interpretaciones el peculiar silbido que, para comunicarse, utilizan éstos. Sus integrantes conjugan armónicamente juventud y experiencia en una simbiosis raramente encontrada en otras agrupaciones de Cuba y el mundo. El estilo de trabajo el Son Montuno, la Trova Tradicional, la Guaracha, el Danzón Cantado, la Rumba de Cajón, el Changüí y la Conga Oriental, El Bolero además de los ritmos canarios y temas internacionales con diversas ritmáticas como El Merengue, Cumbia, Vallenatos y Otros. Como proyección de trabajo pretenden mantener las raíces más autóctonas de la música de grandes autores y músicos tales como Francisco Repilado (Compay Segundo), Lorenzo Hierrezueto (otro integrante del famoso dúo Los Compadres), Miguel Matamoros, Sindo Garay, Ñico Saquiío y Manuel Corona. Incluyen también composiciones de algunos de los integrantes del grupo, donde sobresalen las de Armando Machado, gestor y director del mismo, considerado uno de los más talentosos jóvenes santiagueros dedicados a perpetuar las raíces musicales cubanas a las cuales se suman sus canciones (sones, guarachas) que, sin dudas, se afianzan entre la amplia gama de piezas antológicas.

Las Perlas del Son

Las Perlas del Son

Las Perlas del Son, la primera agrupación femenil de son tradicional de Santiago de Cuba, son siete músicas muy talentosas que han llevado su muy particular estilo de interpretar los sones y boleros a los festivales más importantes de Canadá, Japón, Australia y México. Las Perlas del Son fue fundada en 1994 por la bajista Rosa María López, al mismo tiempo que trabajaba como profesora de piano en la renombrada Escuela de Arte de Santiago de Cuba. La idea de formar un septeto de mujeres para tocar el repertorio tradicional cubano –son, bolero, guaracha- no fue nada fácil de realizar. Para empezar, en ese momento no había una sola mujer en Santiago que tocaba el tres, instrumento solista de la gran mayoría de los septetos. Una guitarra de tres cursos de cuerdas de acero, el tres requiere bastante fuerza física para pulsar, sin mencionar el valor de entrar en el campo sagrado de los más afamados señores del son. Quien se arriesgó fue Zulema Rivas, actualmente reconocida en Santiago como ‘La dama del tres’, pero en aquel momento era guitarrista de preparación clásica. Aunque ésta le ayudó mucho en la parte técnica, dice que dependió mucho más de sus instintos culturales que heredó como santiaguera, y del hecho de haber escuchado el tres desde su infancia. Cuando no está ensayando con las Perlas, a menudo se le encuentra en la casa de uno u otro músico viejo, sentada a sus pies, mirando el movimiento de los dedos y escuchándole hablar del mundo del son. La historia de la vocalista principal es muy diferente a la de Zulema y Rosa. Jacqueline Despaigne, con su deliciosa voz de sonera, no tenía preparación formal como música pero, en los inicios del grupo, tenía más experiencia profesional que otras integrantes. Había cantado con un conocido grupo sonero, Guitarras y Trovadores, en La Casa de la Trova, y había viajado fuera de Cuba. En Sí señor, su primer CD, destaca su sello muy personal de creativos arreglos dentro de los repertorios clásicos del son y el bolero cubanos. En especial, el desarrollo de líneas corales a tres voces es impresionante, al igual que las tremendas descargas en el tres y los bongoes. En ¡Siácara!,su segundo CD, interpretan un amplio repertorio de música cubana: el son, la guaracha, el bolero y el afro-son, con composiciones clásicas de gente como Arsenio Rodríguez, Miguel Matamoros y Nicolás Guillén, resaltando el tema “La Mulata Rumbera”, una guaracha cálida que muestra la frescura y sabor de Las Perlas del Son, la agrupación más apreciada de los jóvenes de Santiago de Cuba.

Eliades Ochoa

Eliades Ochoa

Eliades Ochoa llegó por primera vez a México en 1989 donde dejó huella con su estilo particular de interpretar el son cubano. Con su voz expresiva y sensual combinada con su talento excepcional como guitarrista, ganó al público mexicano que pudo disfrutarlo de nuevo con la producción de su primer CD en el sello Discos Corasón, Cuarteto Patria, A una coqueta (COCD 106). Con su segunda producción para Discos Corasón en CD, Se soltó un león, Eliades presenta un repertorio de composiciones del famoso dueto, Los Compadres, un bolero de Eusebio Delfín y la plena “Se soltó un león” que le dio nombre a este CD. El león santiaguero, como se le conoce a Eliades Ochoa, empezó a expresarse musicalmente y de forma autodidacta cuando sólo contaba con once años y guitarra en mano salió a tocar por los bares y burdeles de Santiago. La necesidad era grande y poco el sustento, como él mismo recuerda, pero esa limitante fue su mejor presentación, pues por ser casi tan pequeño como su guitarra, la gente lo favorecía con las gratificaciones y peticiones, en especial una guaracha cuyo título se convirtió, tiempo después, en su apodo ‘El cubanito’. El triunfo de la Revolución y su talento extraordinario aseguraron que Eliades no tocara más en bares. De esa manera, empezó una carrera exitosa en la radio a la edad de 17 años y, en 1978, entró como director del Cuarteto Patria. Aunque el Patria había contado ya con algunos de los mejores soneros de Santiago, fue hasta la entrada de Eliades que inició una carrera de éxitos, puesto que a partir de su llegada aparecieron los primeros premios y contratos internacionales. Hoy en día, Eliades Ochoa es el sonero de Santiago de Cuba que más ha viajado, el que más grabaciones ha hecho y el que más premios ha recibido, en comparación con otros músicos de su generación. De esa manera se suma a otros grandes músicos que ha dado la región como: Pepe Sánchez, Manuel Corona, Ñico Saquito, Rosendo Ruiz, Miguel Matamoros, entre otros. Después de las producciones con Discos Corasón, el Cuarteto Patria se ha presentado en Francia, Inglaterra, Holanda y Bélgica. Ahora, Eliades se ha reunido para tocar con otros excelentes músicos como el legendario Francisco Repilado, el pianista Rubén González, y el formidable guitarrista norteamericano Ry Cooder, de donde salió una incomparable obra llamada Buena Vista Social Club.

Daniel Castillo

Daniel Castillo

Daniel Castillo, quien naciera en 1907 en Los Hoyos, el barrio de Santiago de Cuba que crió a tantos legendarios soneros y cantantes de bolero, casi abandonó su carrera como músico a finales de los setenta al sentir que la trova tradicional había perdido su sitio preponderante en favor del ‘filin’, influido por el jazz, y luego, con el advenimiento de la nueva trova. “Tonto, tonto”, repite con una rabia en la voz que traspasa la serenidad que irradia. Su enojo sugiere un arsenal de boleros no escritos, de grabaciones sin concluir. Por fortuna, la trova original se ha puesto inesperadamente de moda y, a la edad de noventa y dos años, Daniel Castillo ha decidido volver a la brega para grabar este su primer compacto. La trova se remonta a mediados del siglo XIX cuando la canción popular perdió su adicción por las arias italianas y los romances franceses, y distanció sus ritmos del vals llegado de Viena. La canción cubana nació en la atmósfera creada por toda una generación de músicos cubanos que en su mayoría eran artesanos y trabajadores de la caña y el tabaco. La instrumentación para esta música se forjó a partir de dos voces y dos guitarras, y su estructura tuvo dos partes: en la primera se planteaba el argumento o situación que continuaban en la segunda parte con un acompañamiento más veloz y elaborado, hasta que la canción alcanzaba su clímax musical. En los días gloriosos de la trova, Daniel Castillo fue reconocido como un guitarrista y una segunda voz notable pese a que, como suele suceder en la música popular, no era considerado “profesional”. Durante la semana trabajaba como carpintero y como mecánico, “pero los sábados y domingos eran para cantar y divertirse”, comenta. Algunos grupos de hombres y algunas mujeres —trabajadores en el tabaco como Compay Segundo, choferes como Miguel Matamoros, talabarteros como Sindo Garay— se juntaban en casa de algún amigo para cantar —entre potajes, cerveza y ron— los boleros y las canciones en boga y las nuevas composiciones que cada quien traía a la reunión. Sindo Garay, Rosendo Ruiz, Salvador Adams y Ángel Almenares fueron parte de esta cofradía informal que en Santiago nada tenía que ver con fama y gloria. Muchos de estos personajes obtendrían el reconocimiento que merecían al dejar el puerto y establecerse en la Habana. “El misterio de tus ojos”, “Flor de mi vida”, “Soñadora”, “Quiero decirte”, piezas todas ellas profundamente poéticas, son composiciones de Daniel, quien se mantuvo en una línea exclusivamente romántica, a diferencia de Sindo Garay y Manuel Corona que compusieron algunas canciones patrióticas. Buena música y buenas letras son garantía para que una mujer se enamore, dice Daniel, y le viene a la memoria un bolero-son dedicado a su compañera fallecida en 1990, que se incluye en este compacto:

Hoy me siento satisfecho, amada mía, al tenerte para siempre junto a mí
Naturaleza, bendita eres al concederme lo que te pedí

Daniel hojea las páginas gastadas de un cuaderno en el que, a principios de los sesenta, poco después del triunfo de la Revolución, reunió más de cuarenta de las 160 composiciones que escribió en su juventud. Esta compilación de letras fue una petición del lúcido musicólogo Odilio Urfé, quien lo urgió a tomar en serio su herencia musical y convertirse en profesional. “Nunca pensé que yo iba a tocar la guitarra en la calle,” dice Daniel. “Eso nunca fue en mi programa. Me gustaba tocar mi guitarra en mi casa.” En 1962 Daniel fue uno de los miembros fundadores del Cuarteto Oriente (grupo que ha incluido a algunos de los más increíbles músicos santiagueros como Rigoberto Echevarría, ‘Maduro’ y Alejandro Almenares entre otros), y durante 28 años tocó con ese grupo en rancherías, poblados y ciudades de toda Cuba. “Palmas, Bayamo, Holguín, Santa Clara, Matanzas, La Habana, Baracoa, Pinar del Río, seguro cubrimos Cuba tres o cuatro veces”, dice Daniel, y recuerda haber tocado para Salvador Allende cuando hizo una visita de Estado a la isla, y las frecuentes llamadas de último minuto, empacar y salir corriendo a tocar en cualquier poblado cuyas autoridades locales los solicitaran. El Cuarteto Oriente contemplaba en su formato original dos guitarras y dos voces, una agrupación muy cercana a la esencia de la trova como música de serenatas y fiestas informales. Según cuenta el musicólogo Argeliers León, desde antes de componerse el primer bolero a finales del siglo XIX, ya los versos de las canciones populares se dividían en dos voces, y la segunda voz comenzaba a apartarse de la primera y, en algunos casos, se llegaba al punto de que la segunda voz cantara una letra que pese a perseguir la misma idea e imaginería de la primera, era totalmente distinta. Daniel resiente la ulterior adición de una tercera voz, adoptada por las agrupaciones de bolero después del éxito internacional alcanzado por los tríos mexicanos en los cincuenta y sesenta. En la trova “la voz segunda adorna y pone la nota donde corresponde,” comenta Daniel. “Pero imagínese si hay dos voces cantando la misma tonalidad. Así no puede haber belleza.” En la creativa y candente atmósfera de la trova, los músicos eran, en su mayoría autodidactas, pero como Daniel anota, eran “la mera mata”. Muy pocas de las canciones y boleros se transcribieron a papel, más bien se pasaban de un músico a otro. Pepe Sánchez, creador del primer bolero, fue un gran compositor de acuerdo a Daniel, pero como tocaba para la alta sociedad, los trovadores callejeros tuvieron menos oportunidad para aprender su música. Los músicos tocaban boleros y bolero-sones pero también las canciones, las criollas y las guajiras que antecedieron e influyeron el bolero. En la sensación de la gente lo que distinguía los boleros de las canciones era que los boleros, pese a ser muy románticos, podían bailarse, y las canciones no. El ritmo del bolero tomo de la música tradicional cubana el cinquillo que aparece también en el danzón aunque el bolero lo incorporó a la melodía en vez de tocarlo como parte del acompañamiento. Al igual que la canción, se divide en dos partes a las que se agrega una introducción musical rica y complicada. Argeliers León apunta que con la emergencia del son cubano en los veinte y treinta, muchos de los cantores y compositores de bolero abandonaron la atmósfera íntima de las reuniones de trova y se reunieron en sextetos y septetos. Daniel Castillo recuerda que el son no era parte del mundo de la trova y lo ejecutaban, en otros enclaves de Santiago, las orquestas y dos estudiantinas —la Estudiantina Invasora y la Estudiantina Arrolladora—, agrupaciones de nueve elementos que incluían trompeta y pailas además de cuerdas. Los músicos y algunos inspirados promotores culturales —como Luisa Blanco de la casa de la Trova—, aquellos que mantuvieron viva en Santiago la tradición de la vieja trova durante cuatro décadas antes de que resurgiera a nivel internacional, reconocen la importancia de Daniel Castillo. En los últimos diez años, el Festival de Trova “Pepe Sánchez”, celebración anual rememora a las grandes leyendas fallecidas como Rosendo Ruiz, Manuel Corona, Salvador Adams, María Teresa Vera y Pepe Sánchez entre otros, ha dedicado dos de sus ediciones a Daniel Castillo quien, de manera informal, es una fuente de información e inspiración para los jóvenes músicos que lo visitan en su casa y le piden que les enseñe a cantar segundas voces y a tocar la guitarra al estilo original. Daniel no les facilita el camino a los jóvenes. “Puedes aprender la letra de los viejos boleros pero eso no significa que puedas tocar la música”, dice, y critica con severidad los nuevos arreglos de la vieja trova, en particular la tendencia a fundir las dos partes vocales en una. Como tal, ha sido un gran reto para Castillo y para su nieto, el flautista Gustavo Revé, ex-integrante del célebre grupo de son santiaguero, Granma, trabajar juntos, como el joven músico soñó tanto tiempo. En 1998 Gustavo invitó a otros cuatro músicos para acompañar a Daniel. La alineación incluye al joven percusionista José Antonio Vallejo —quien confirma que la edad no es requisito para el virtuosismo musical—, al tresista Daniel Cos y al bajista Ibrahim Burgos. Mario Antonio Valverde toca la guitarra, canta la primera voz y tiene el mérito de haber hallado la difícil conexión con la segunda de Daniel, que viene de una era muy diferente. Gustavo entiende la contradicción entre el estilo de Daniel —“su manera de pensar”— y los intereses musicales de una generación mucho más joven. Sin embargo, con el advenimiento de tantos grupos nuevos interesados en recrear la música de su abuelo, sintió la necesidad de tocarla mejor que el resto. Esta trova no es una copia fiel de la original porque el mundo en el que viven estos músicos no es el mismo. La introducción de la flauta rompe notablemente con el pasado y los bongoes tienen más que ver con el son que con el bolero original. En las composiciones más tradicionales el joven percusionista toca con cucharas, como lo habría hecho en el portal de una casa de madera de Los Hoyos, setenta años antes. Dos mundos diferentes se entrecruzan. Ensayan y discuten al infinito estos seis músicos, pero juntos han logrado producir una música de la que ambos, Daniel Castillo y su nieto, están orgullosos.

Fue la noche cuando Afrocubismo se presentó por primera vez en América

En el teatro Metropolis de Montreal, el 5 de noviembre de 2010, notas musicales nacidas de diferentes culturas — Mali y Cuba — separadas por un océano, se reunieron para fusionarse como si hubieran nacido para ello. Y en las butacas, los espectadores logramos saborear aquella magia de comunión y armonía que en cualquier circunstancia, país y piel es posible; magia que artistas como Eliades Ochoa, Bassekou Kouyate, Kasse Mady y Toumani Diabaté nos transmitieron aquella noche que yo, por lo menos nunca olvidaré.

Escucha aquí El vaivén de mi carreta

Cañambú

Cañambú

En la manigua oriental de Cuba sobresalen unos gruesos y  altos bambúes que no son la caña brava – más alta y delgada- ni la caña de azúcar, ni la cañafístola, sino la caña de bambú, o como se le conoce ahí, el cañambú.

Al principio de los 40 en el pueblo de San Luis, en la actual provincia de Santiago, muchos campesinos cortaban el cañambú, de repente un canuto de cañambú azotó sobre el suelo produciendo un sonido fuerte y seco como de bongó. Al cortador y a su familia les gustaba el son no solo para bailar sino también para interpretarlo, pero el problema es que había que invertir dinero, que no tenían, para comprar algunos instrumentos que tampoco tenían: bongoes y bajo.

De alguna suerte se habían conseguido ya un tres y una guitarra. Al momento de escuchar el golpe como de bongó, empezaron a buscar la forma de reproducir fielmente su sonido cortando diferentes tamaños del bambú, hasta lograrlo con un canuto y un tercio para el bongó agudo y algo así como un canuto y un medio para el grave. El cañambucero (por bongosero) cogía un canuto en cada mano, en posición vertical, y los golpeaba contra la superficie de un pequeño banco de madera consiguiendo, con habilidad rítmica, la  tonalidad muy cercana  a las de los bongoes.

Con este gran incentivo del ‘piquete’, o grupo, de sanluiseros, por hacer sonar su propio son, aún dentro de la penuria económica, rápidamente empezaron a batallar para sacarle la voz de un bajo a sus aliados cañambuses. Intentaron con uno largo de cinco canutos – casi dos metros- limpio de venas y manchas, cortado del centro mismo de la mata. Había un sonido grave y profundo al golpearlo sobre el suelo, matizando con golpes laterales dados con la otra mano. No fue suficiente, necesitaba cierta armonización. Finalmente lograron el sonido atando a la base mayor, dos tramos cortos de cañambú de diferente longitud.

Un cañambú más delgado que el del cañambumajo se empleó como pedestal de un cencerro y también como percusión adicional al ser golpeado en su pared con un palito, por el ejecutante mismo del bajo. Las maracas fue historia fácil con solo llenar de semillas dos pedacitos de cañambú y ponerles un mango. Con esta dotación el quinteto estuvo listo para empezar a invadir toda suerte de fiestas en San Luis y ganar algunos centavos.

Los primeros que así empezaron eran todos hermanos, los Ruiz Boza, hijos del cortador de caña que accidentalmente le descubrió su sonido musical. El grupo se lanzó a la popularidad precisamente con el son, Cañambú con los cinco hermanos. El quinteto tocaba, igual que el grupo ‘Cañambú’ actual, son montuno o campestre, como lo nombra uno de los integrantes, con el tumbao o sabor especial de su región.

El grupo desde entonces se volvió enormemente popular en su región y en algunas zonas más lejanas. En el año 1978 Andrés Cardona, un joven músico y maestro, se une al grupo como director técnico, interpretado él mismo la guitarra y parte del coro, y sobre todo haciendo participar al grupo en múltiples festivales en todo el territorio de la isla. Desde ese momento Cañambú se ha convertido en una especie de leyenda tanto por su particular instrumentación como por su calidad musical. En el 1993 Cardona decide agregar un contrabajo al grupo para aumentar su contenido armónico, sin su desplazar ninguno de los instrumentos originales.

El grupo Cañambú es, sin dudarlo, una agrupación única en Cuba por el uso de los bambúes y la peculiar sonoridad que esto produce. Pero también es única por contar entre sus integrantes a una voz de posibilidades increíbles tanto en el registro alto como en el estilo global de interpretar el son, el único sobreviviente de los cinco hermanos: Arístides Ruiz Boza. Arístides, flaco, alto y pulido como un cañambú, con más de 60 años encima, conserva un ‘pito’ – como llaman en San Luis a las buenas voces soneras- que tiene fuerte tradición entre los grandes cantantes de esta población.

Cañambú continua siendo para su gloria, el son, el bolero y el bolero-son. No solo recrean las composiciones de los clásicos del género, sino que el mismo Arístides es compositor importante. Este CD da cuenta de seis temas de su propia inspiración, así como de otro más de Andrés Cardona, el guitarrista y promotor del grupo. Los otros hermanos Ruiz Boza, al irse jubilando de Cañambú, han sido sustituidos por jóvenes y talentosos músicos como es el caso del tresero actual Walfrido Alarcón y el bongosero de cañambú, Juan Pruna. Todos los miembros del grupo nacieron y viven en San Luis, al lado de los campos de cañambú, o como Arístides los llama, ‘la fábrica de música’.

Armando Garzón

Armando Garzón

Al igual que Benny Moré, su voz acaricia; similar a Barbarito Diez, es refinado, exquisito. Siguiendo a su gran amiga, Elena Burke, cree que la voz lo es todo. A diferencia de cualquier otro solista cubano, Armando Garzón es poseedor de una voz de contratenor perfectamente entrenada, que emplea para interpretar la indestructible lírica romántica latinoamericana; el bolero. Su carrera profesional se inicia como solista del renombrado coro El Orfeón en su natal Santiago de Cuba, donde desarrolló una fuerte pasión por la música religiosa europea, principalmente las obras de Scarlatti y de los compositores ingleses de los siglos 15 y 16. Es en los años 80 que deja la música clásica para realizar un disco junto con Pablo Milanés interpretando boleros y canciones cubanos. En su primer CD bajo el sello de Discos Corasón es acompañado por el Quinteto Oriente; una agrupación tradicional de Santiago de Cuba que lleva el bolero en sus venas y que nació en el seno de la trova tradicional. En su segundo CD Garzón se reunió con uno de los grupos más recios del son cubano, Los Guanches, para grabar un repertorio de boleros antiguos al ritmo del danzón pero con la instrumentación de la trova tradicional. Tras una larga gira en Francia y Holanda, a finales de 1999 lanzó su tercer CD; en el cual, acompañado por siete sobresalientes jóvenes, presenta un repertorio de música latinoamericana, desde la vieja trova, pasando por el ‘filin’ y la nueva canción. Bautizado por la prensa como ‘El Ángel Negro de la Voz de Terciopelo’, Garzón está considerado como el mejor cantante solista de Santiago, tanto en música clásica como en popular, por su excepcional voz de contratenor. Como resultado, se ha presentado en múltiples ocasiones en los festivales y teatros más importantes de México y Europa, entre ellos el Zócalo de la Ciudad de México, el Teatro Blanquita, el Festival Cumbre Tajín de Veracruz, el Teatro de la Ciudad de Aguascalientes y la Universidad de Guadalajara. En 2001, acompañado por el maestro Felipe Urbán y su Danzonera, Garzón sedujo profundamente a más de 50,000 personas en lo que fuera denominado como ‘el salón de baile más grande del país’: el Zócalo capitalino. Con un cautivador repertorio de danzones, Garzón regresó a Europa en 2002 para presentar una exitosa gira de más de dos meses que incluyó destacados foros y festivales europeos.